En los últimos días, hay una imagen se repite en las diversas rutas que conectan con las zonas más afectadas con los incendios en el Biobío y Ñuble: camiones y camionetas particulares con banderas y mensajes, cargadas hasta el tope con agua, alimento y materiales de construcción, sorteando el humo para llegar al corazón de la tragedia, como el mejor ejemplo de la solidaridad que caracteriza a la sociedad chilena, que ha convertido a la ayuda frente a la catástrofe en uno de sus sellos más reconocibles.
Sin embargo, esta situación -admirable, sin duda- deja en evidencia también un inconveniente. Tras ese despliegue de generosidad subyace un síntoma alarmante de nuestra salud democrática: miles de chilenos hoy prefieren manejar horas para entregar todo tipo de insumos en mano propia, antes que llevarlo a algún centro de acopio, depositar dinero en la cuenta de alguna institución u organización especializada o confiar en la logística municipal.
Es como si un manto de dudas se hubiera levantado respecto de las condiciones, forma y plazo en que la ayuda llegará a los necesitados si es que “el sistema” está de por medio. O sea, la solidaridad es total, pero la confianza inexistente. De esta forma, la credibilidad es un atributo asociado más a un influencer, a un rostro televisivo o de farándula que a algún representante del estamento público.
Esta crisis no es fortuita ni meramente emocional. Como bien ha señalado la filósofa española Adela Cortina, la confianza es el «lubricante» esencial para que una sociedad funcione. Sin ella, los costos de transacción social se vuelven insoportables. Lo que vemos hoy en Lirquén, Punta de Parra o Florida es una desconfianza reactiva: el ciudadano ha aprendido, tras años de escándalos de corrupción, burocracia ineficiente y promesas incumplidas, que la intermediación institucional suele ser un «agujero negro» donde la ayuda se diluye o se desvía.
Cortina argumenta que ninguna ley, por estricta que sea, puede sustituir a la ética. Si el funcionario público o el gestor de la emergencia no actúan bajo un horizonte de integridad, la estructura colapsa. En Chile, hemos pasado de una cultura de la confianza institucional a una de la vigilancia extrema azuzada por las redes sociales y de ahí, al bypass sistémico. El ciudadano común siente que, si no entrega la ayuda personalmente, el sistema la desviará y ésta desaparecerá por alguna dudosa ruta.
Esta solidaridad sin filtros ni intermediarios es admirable en su intención, pero caótica en su ejecución. Al saltarse la intermediación, se generan duplicidades: algunas familias reciben ayuda de diez grupos distintos, mientras que otras, en zonas de difícil acceso, quedan en el olvido.
Para Cortina, la ética no es un adorno cosmético, sino una medida de ahorro. Si las instituciones fueran éticas de manera demostrable y permanente, el ciudadano podría quedarse en su casa sabiendo que su aporte llegará a destino. La desconfianza actual nos obliga a todos a ser inspectores, lo cual tensa y agota el tejido social.
No podemos perder de vista esta idea: si bien la ayuda directa alivia el hambre y la necesidad hoy, debilita el concepto de lo público mañana. Si nos acostumbramos a que «solo lo que yo hago personalmente funciona», estamos renunciando a la idea de Estado. La ética, entonces, debe servir para recobrar la confianza en la interdependencia. No podemos vivir en un país donde cada emergencia requiera que miles de personas actúen por cuenta propia porque han dejado de depositar la confianza en sus líderes.
Dr. Fernando Gutiérrez Atala
Investigador Centro de Estudios de la Comunicación Aplicada (CECA)
Universidad del Desarrollo