El 56% de las mujeres ocupadas en la Región Biobío trabaja tiempo parcial. No es una cifra que hable de preferencias laborales. Habla, más bien, de las restricciones que el propio mercado de trabajo sigue imponiendo.
A menudo se interpreta el empleo parcial femenino como una decisión individual: trabajar menos horas para equilibrar vida personal y laboral. Sin embargo, esa lectura omite un elemento central: las mujeres continúan organizando su vida laboral en torno al cuidado. Detrás de esa estadística hay miles de trayectorias marcadas por responsabilidades que rara vez aparecen en los indicadores económicos. Hijos pequeños, adultos mayores, familiares enfermos o personas dependientes forman parte de una jornada paralela que debe compatibilizarse con el trabajo remunerado.
En ese contexto, el tiempo parcial no siempre es una elección; muchas veces es la única modalidad posible.
Según lo que muestra el informe del Instituto Nacional de Estadística (INE) para la Región del Biobío, las consecuencias de esa carga invisible se acumulan a lo largo de toda la trayectoria laboral. Para las mujeres ocupadas a tiempo parcial, cada año fuera del mercado formal, cada jornada reducida o cada empleo informal representa menos cotizaciones previsionales, menor acceso a beneficios sociales y una brecha salarial que se ensancha con el tiempo. No es casualidad que las mujeres lleguen a la vejez con pensiones significativamente más bajas que los hombres.
El sistema previsional registra lo que el mercado remunera, y el trabajo de cuidados, sencillamente, no aparece en ninguna boleta.
Otros países han demostrado que esto puede cambiar. En los países nórdicos, la expansión de servicios públicos de cuidado no solo aumentó la participación laboral femenina, sino que lo hizo en empleos de mayor calidad y estabilidad. Chile tiene pendiente esa conversación: más allá de los anuncios, una política de cuidados efectiva requiere financiamiento, cobertura real y horarios que respondan a las jornadas laborales de hoy, no a las de hace treinta años.
La industria formal puede ser parte de la solución, pero difícilmente resolverá el problema por sí sola. Detrás de cada trabajadora informal hay una economía del cuidado no resuelta que el mercado, por sí mismo, no puede responder. Reconocer esa realidad es el primer paso para construir políticas laborales que no solo generen empleo, sino que también permitan que más mujeres participen en él en condiciones reales de igualdad.
Celebrar la creación de empleo de calidad es necesario, pero no suficiente. La discusión seguirá incompleta mientras no abordemos una pregunta fundamental: ¿quién cuida mientras las mujeres trabajan?
Dra. Claudia Reyes Betanzo.
Académica Facultad de Comunicaciones
Universidad del Desarrollo